Hay noches en las que un evento se complica. Y otras en las que parece que todo se va, literalmente, al agua.
Hablamos del año 2003. Llevábamos poco tiempo con nuestra empresa y estábamos preparando la Junta General de Accionistas de una importante empresa del IBEX en un conocido hotel 5*de Madrid.
Habíamos terminado el montaje. Revisamos la sala por última vez y todo estaba listo para el día siguiente.
Entonces empezó a llover. No fue una lluvia cualquiera. Una tormenta torrencial hizo que el falso techo de la sala cediera. De repente, el agua caía a chorros: la sala inundada, el escenario mojado, los cables empapados y goteras por todas partes.
Eran las doce de la noche. Avisamos inmediatamente al hotel y, por supuesto, al cliente que se presentó allí esa misma noche para comprobar personalmente lo que había ocurrido.
Y así comenzó una de esas noches que no se olvidan. Junto con el equipo del hotel, achicamos agua, revisamos las instalaciones y buscamos una solución para cada nuevo problema. Trabajamos durante toda la noche.
A la mañana siguiente, la junta se celebró según lo previsto. Y lo mejor fue que ninguno de los asistentes pudo imaginar lo que había sucedido apenas unas horas antes.
Con los años he aprendido que el verdadero éxito de un evento no consiste únicamente en que todo salga bien. A veces consiste en que, cuando todo se tuerce, nadie llegue a notarlo.
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