Un evento es un detector de mentiras corporativas bastante bueno.
Por ejemplo cuando una empresa dice: “Somos innovadores” y lleva haciendo exactamente el mismo evento desde 2019.
O cuando dice “Queremos que sea un evento súper participativo” y acaba montando una jornada de 6 horas en la que 5 horas y media consisten en escuchar a gente hablar desde un escenario.
O dice “Queremos sorprender” y luego les da miedo hacer cosas disruptivas y acaban haciendo sota, caballo y rey 😅
El problema no es que las empresas mientan. Es que a veces el evento cuenta una historia diferente a la que la empresa cree estar contando. Y eso se nota.
Se nota en el formato, en el espacio, en los tiempos, en cómo se recibe a la gente, en lo que se prioriza cuando falta presupuesto… Y, sobre todo, en las decisiones que se toman cuando algo se complica.
Porque cuando todo va bien, cualquier empresa puede parecer innovadora, humana y comprometida. Pero la verdadera cultura aparece cuando hay que decidir.
Por eso creo que organizar un evento no consiste solamente en conseguir que todo salga bien. También consiste en conseguir que lo que ocurre en el evento sea coherente con lo que la empresa dice que es. Y eso, curiosamente, es bastante más difícil que montar un escenario.

